En algunos aspectos, la obra de Anderson se presenta como la más elaborada y gratificante. Su asombrosa creatividad y destreza hacen de esta película un reflejo del sueño de un niño maravillado por las historias de Roald Dahl y cautivado por los misterios del mundo de los adultos.
La mejor y más verdadera cualidad de esta película quizás sea ritmo errático y episódico, que resulta fascinante en sí mismo y refleja la experiencia del personaje principal.
Se desarrolla con suavidad, presentando escenas entretenidas y una trama que mantiene un suspense moderado, asumiendo que no le prestas demasiada atención.
A pesar de su irreverencia y momentos de violencia, la película se siente más como un lamento que como un fuerte grito de protesta. Alterna entre el horror y la sátira, pero no logra ser lo suficientemente incisiva ni realmente aterradora.
Una vulgar travesura en la tradición literaria inglesa, una mezcla entre historia británica e insulto a la imaginación humana. Aparte de eso, no está mal.
Nada en la película funciona. Es a la vez exagerada y aburrida, con una historia complicada que se desmorona con voces en off líricas, flashbacks largos y conversaciones expositivas interminables entre gente que habla acentos incompatibles.
La tecnología actual no logra reproducir el aroma de la pólvora o del gas lacrimógeno, sin embargo, Afineevsky sumerge al público en la acción como pocos lo consiguen.