Gassmann logra reflejar la energía de una nueva generación que está transformando las ideas sobre las relaciones, aunque sufre al intentar construir una narrativa que resulte convincente.
El director y guionista logra preservar el realismo y el costumbrismo característicos de sus obras previas, pero con un enfoque más audaz, presenta un retrato emocionalmente intenso de una familia en proceso de cambio.
La interpretación impecable de Kokkidou genera un sinfín de risas, mientras que la genuina esperanza que transmite Haroula se convierte en una fuente inagotable de disfrute.