'Harry Potter and the Deathly Hallows: Part 2' es el épico y apasionante cierre que merece la saga. El trabajo de conversión al 3-D es el mejor que he visto.
Es deprimente, devastadora, lacerante y repulsiva. Pero hay líricos vuelos de esperanza intercalados entre ese crudo naturalismo y es lo que la convierte en algo asombroso.
Highmore es encantador y sostiene la película con gran habilidad. Aunque su presencia no es abrumadora, logra captar la atención del público con su actuación.
Cuando el guión se ciñe a las dificultades de la vida, como intentar, cometer errores y seguir adelante a trompicones, logra dar en el clavo con seguridad.
El guión de Eric Darnell y Noah Baumbach presenta diálogos ágiles y chistes de notable ingenio creativo, aunque avanza a un ritmo tan vertiginoso que es probable que te pierdas muchos de ellos.
'Never Let Me Go' es una película impresionante que, a pesar de su tono melancólico, ofrece una actuación excepcional. Es una obra romántica y llena de profundidad, destacando la calidad de su dirección y cinematografía.
El director Randall Wallace ha conseguido algo cercano a lo imposible, infundiendo tensión y suspense genuinos en una narración cuyo final conocemos todos.
Si bien termina de forma demasiado abrupta, da mucho tiempo en pantalla a su personaje central. Y sigue siendo una ópera prima sólida y segura de los últimos hermanos a tener en cuenta.
Los resultados son a menudo cómicos, pero Pickering -que hizo la película en homenaje a su madre, la verdadera Linda White- los impregna de fe en algo, quizá la dignidad.
Un estudio de 14 minutos sobre el existencialismo y un profundo análisis de la despersonalización. Es una película impresionante, que se vuelve más impactante a medida que avanza.
En su tramo final, 'The Goblet of Fire' alcanza un clímax impactante que podría hacerte perder de vista lo anterior. Harry experimenta una notable madurez, y la película se transforma al mismo tiempo.
Es predecible pero aun así verla es una delicia. Cuenta un relato de amor, comunidad y redención de un modo melodramático y con la auténtica convicción de la fe en el poder transcendental de la música.
No hace el esfuerzo de ofrecer una representación completa o siquiera ligeramente auténtica de la resistencia en las zonas rurales de Francia al final de la Segunda Guerra Mundial.
Es una obra que se reconoce a sí misma como un producto sin valor, pero que, desde una perspectiva posmoderna, investiga y honra la esencia misma de lo que implica ser considerado desecho. Sin embargo, eso no la hace menos repugnante.