Es la nueva joya de la animación en plastilina de Adam Elliot, que, una vez más, consigue emoción, reflexión y sonrisas con esta fábula preciosa, un poco macabra y absolutamente libre.
Un notable trabajo periodístico que destaca por su integridad. Los directores ilustran el impacto positivo que puede tener el periodismo de calidad, incluso frente a esfuerzos por acallarlo.