Jay Baruchel y Glenn Howerton ofrecen unas interpretaciones atractivas en esta entretenida historia sobre el ascenso y la caída de uno de los pioneros de los teléfonos inteligentes.
Coquetea brevemente con la idea de un compromiso alegórico más sustancial antes de conformarse con un ritmo doméstico fácil, conectando mejor a través de las buenas interpretaciones.
Basada en hechos reales fascinantemente improbables, presenta suficiente intriga de capa y espada, así como un detallado ambiente de época que logrará satisfacer a los más apasionados del subgénero.
Es un retrato bastante bien dibujado del autocuidado -espiritual, sí, pero también psicológico y físico- y de los efectos externos de curación que pueden surgir de una sola elección.
Una película de acción aburridamente simplista y rotundamente intrascendente: carece, a nivel narrativo, de la certeza y claridad de propósito de su personaje principal.
El verdadero poder de Loach radica en su firme convicción de que todos tenemos la habilidad de escuchar, desarrollarnos y dejar que los aspectos más positivos de nuestra naturaleza emergen.
El guion de Elfman mantiene su atractivo a lo largo de la historia. Ofrece una reflexión sutil sobre cómo, en ocasiones, la única persona capaz de conectarse con nosotros es alguien que también se encuentra herido o perdido, como lo estamos nosotros.
La película de Bernardo Britto no aprovecha su concepto de bucle temporal, lo que impide que genere risas o conexión emocional, lo que sugiere que debería reconsiderar su enfoque en una posible segunda oportunidad.
Una obra de no ficción que combina elementos de fantasía e intriga, sin caer en la simple nostalgia, ofreciendo un enfoque innovador que resulta tanto entretenido como desconcertante.