Al rodar las secuencias de ficción con la misma irrealidad onírica que las escenas que muestran la vida real de O'Connor, la película difumina la línea entre ambas hasta hacerla casi inexistente.
Otro director habría explorado el estatus de Vonnegut en la literatura estadounidense con mayor claridad y habría planteado interrogantes más contundentes, lo que podría haber llevado a una película más intrigante.
El fin del mundo se presenta de una manera que carece de impacto. Aunque la trama gira en torno a la relación entre un robot y su creador, el desarrollo es bastante débil y superficial.
Estévez crea una película con un elenco destacado que, aunque es rústica, muestra valentía. Si bien no logra ser completamente efectiva como drama, presenta momentos realmente impactantes.
En lugar de profundizar en las implicaciones de su concepto futurista, la obra se repite en silencios que, aunque maravillosamente capturados, carecen de sustancia.
El enfoque sutil y fluido del director refuerza su mensaje sobre la persistente relevancia del cine, superando cualquier tipo de presión que pueda venir de la industria.