Maoz minimiza el uso del diálogo, logrando que el impacto visual sobresalga. La obra se construye como un intrincado rompecabezas, donde cada elemento ha sido cuidadosamente elaborado con un enfoque obsesivo y eficiente.
La dirección de Shai Goldman refleja un esmerado detalle similar al de Lapid en su debut, donde cada toma y encuadre están seleccionados con cuidadosa intención.
Haneke demuestra nuevamente su maestría en lo visual, aunque el guion no está a la altura. El resultado es una película que carece de la profunda perturbación y claridad que caracterizan sus obras más destacadas.
La precisión tanto histórica como geográfica es cuestionable y la historia presenta algunos cabos sueltos. Sin embargo, los seguidores de Gitai podrán disfrutar de varios planos visualmente impresionantes.
La trama se transforma poco a poco en una colección de escenas que pierden su atractivo debido a la autoindulgencia, personajes débiles y la falta de una coherencia dramática.
Un intenso y sobrio choque existencial entre un padre y su hijo, filmado de forma magistral. Las interpretaciones de todos los actores son realmente destacadas.