La historia puede resultar absurda, pero lo verdaderamente frustrante es la ausencia casi completa de tensión o suspenso, lo que transforma este melodrama sobrenatural en una obra sin sabor.
Con todo, la premisa mantiene el interés del espectador a lo largo de la historia, aunque el epílogo se extiende demasiado y se adentra en diversos tópicos.
El filme podría resultar más ameno si no dependiera únicamente de un truco visual: se presenta completamente desde la perspectiva de Robocop durante su proceso de ensamblaje.
Es igual de buena, o incluso superior, a la original. Además de contar con actuaciones sólidas y una dirección creativa, destacan su capacidad para intensificar aún más el humor oscuro y audaz de la película anterior.
Levanta vuelo cada vez que hay tiroteos y persecuciones, pero se queda estancada al mostrar paisajes de Marruecos o al centrarse en revelar secretos biográficos innecesarios de James Bond.
El resultado es un film de 97 minutos, uno de los más breves de la saga. En este tiempo, todo está justificado, y la acción desbordante, acompañada de diálogos irónicos, mantiene el entretenimiento de manera constante.
Este film supera al anterior gracias a la interpretación del científico loco a cargo de Anthony Hopkins, quien aporta su característica mezcla de humor e ironía, resultando más efectivo que ciertos gags más obvios.
Es interesante por varios motivos, pero sobre todo porque tiene un pie en la vieja tradición de la ciencia ficción soviética. El estilo del film es original, y a medida que avanza se intensifican las imágenes imaginativas.