Un film que toma inspiración del cine de Apichatpong Weerasethakul. El director vietnamita logra una forma singular de narrar la historia de un individuo, su familia y la nación.
Una historia con elementos muy identificables en su planteamiento, pero con dificultades en su ejecución. Estos inconvenientes obstáculos impiden que esas ideas se desarrollen plenamente, sientan su impacto y logren conmover al espectador.
Es una película que se centra en reconstruir conexiones. En lugar de llenar el diálogo con discursos grandilocuentes, transmite su mensaje a través del entendimiento y la empatía.
El verdadero inconveniente de la película radica en la ejecución torpe y repetitiva de la trama, así como en la superficialidad de los personajes, todo envuelto en un tono que intenta combinar lo cómico con lo grotesco, resultando en un festín de patetismo.
Crespo crea una película emotiva con recursos sencillos, rindiendo homenaje y al mismo tiempo buscando mantener viva la memoria, así como fomentar la creación de una nueva identidad.
El director demuestra valentía al explorar riesgos formales, incorporando escenas poco convencionales para el género de dramas familiares, lo que genera una distancia interesante entre la historia contada y la forma en que se presenta.
Las historias íntimas de personas y familias pueden resultar cautivadoras para el cineasta y sus cercanos. Sin embargo, es fundamental dominar el arte de contar visualmente estas narrativas, para evitar que se conviertan en una exhibición de emociones personales.
Las escenas de ficción añadidas no logran ser efectivas y alargan innecesariamente la duración de la película. Además, el exceso de caos y desorden visual en la propuesta resulta poco convincente.
La historia avanza hacia desenlaces predecibles y, a pesar de contar con algunos instantes emotivos, el drama se diluye y pierde fuerza a medida que nos adentramos en las vidas de los personajes.