Este biopic deportivo hace que la fórmula funcione satisfactoriamente. La narrativa es sólida y logra capturar la esencia de los personajes y los momentos clave del deporte. A lo largo de la película, se siente una mezcla de emociones que mantiene al espectador comprometido, resaltando las victorias y derrotas de una manera inspiradora.
Johansson rebosa carisma. El film compensa su imprecisión histórica con elegante encanto. Es un recordatorio de que las películas pueden tener un gran atractivo sin recurrir al sexo, la violencia o los superhéroes.
Muestra la tragedia y la oscuridad que hay detrás de las bromas, logrando que este grupo desaliñado de animadores se vuelva significativo para el espectador.
Los caprichosos trucos narrativos y la aparente profundidad de esta película, que resulta ser solo medianamente entretenida, no logran compensar la falta de tiempo en pantalla entre los dos personajes principales.
¿Es posible encontrar un sentido a nuestras vidas? Ciertamente, aunque puede que nunca lo encontremos. Es un recordatorio conmovedor de que hay belleza en esa incertidumbre si podemos aceptarla.
La película podría haber caído en lo culebronesco y exagerado. Sin embargo, Lively y Justin Baldoni logran que la carga melodramática de la historia no arrastre el desarrollo de la trama.
Los acontecimientos se desarrollan con un hábil estilo visual y tonal, reforzado por la acertada interpretación de McGregor, que oscila sin esfuerzo entre el espectáculo y la vulnerabilidad.