Las películas de Seidl son más un gusto inherente que adquirido. Aunque es crítico con sus personajes, los sostiene en el foco el tiempo necesario para que podamos identificar sus fallas, y nos recuerda que en última instancia son solo humanos.
Su previsibilidad podría ser un gran defecto, pero se salva por dos aspectos. Primero, la química entre Canet y Rohrwacher es realmente eléctrica. Segundo, Brizé muestra una valentía notable al narrar su historia.