LO mejor- hay un cineasta lo bastante maduro para dar cuenta -como le gustaba a Renoir- que todos los personajes tienen sus razones, que aquí nadie es héroe ni villano por anticipado.
Pocas veces he visto tanta bobería y tantos lugares comunes juntos -y además tan largos- como en esta historia de papá buena onda y supuestamente divertido e hija deshumanizada, fría, calculadora y canalla.
Su deshonestidad básica radica en hacer de los personajes pobres y tristes cucarachas al servicio de un espectáculo que se pretende divertido, audaz, puntudo y demoledor. Pero la verdad es que es aburrido, ramplón, reiterativo y cretino.
Quizás lo que más molesta de La llegada no son tanto sus aspavientos de película seria como sus aspiraciones de trascendencia en definitiva muy ramplona.
Su teorema sobre la egolatría, la envidia y la usurpación es más relevante que nunca. La obra revela un profundo entendimiento de los códigos del mundo femenino, sin hacer concesiones, puesto que esto es una característica intrínseca de la condición humana.
Es asombroso que un cineasta de 77 años continúe explorando nuevas direcciones en su obra. Además, demuestra un juego interesante con las tensiones y discrepancias entre la realidad y la ficción, al igual que muchos de los discursos más provocadores en el cine y la literatura actuales.