Ni siquiera su banda sonora clásica puede convertir este aburrido retrato de la obsesión de un hombre en el clásico cinematográfico con el que se confunde tan a menudo.
Wong ha elaborado una impresionante historia de amor que explora la complejidad de las relaciones humanas y la belleza de los momentos compartidos. Los personajes son profundos y sus emociones, auténticas, lo que hace que el espectador se involucre en su travesía romántica. Sin duda, un relato que se queda en la memoria.
Con una sola localización, un pequeño apartamento, y cuatro niños actores no profesionales como protagonistas, se presenta un notable logro técnico. La película logra captar la atención del público a través de su enfoque en la simplicidad y la autenticidad.
El héroe perezoso, tonto y sexualmente voraz que interpreta Lawrence es una copia de los estereotipos afroamericanos que había en Hollywood en los años 30.
Es más un anuncio largo que una película. Resulta inaceptable el aburrimiento que provoca observar a estos personajes enfrentarse en un juego de cartas.
Consigue crear un inquietante mundo virtual más místico que todo lo que nos han ofrecido los hermanos Wachowski, mezclando lo real y lo imaginario en una portentosa fábula ciberpunk.
Llena de diálogos sólidos y vestuarios opulentos, la película ofrece reflexiones filosóficas sobre el deseo, convirtiéndose en un verdadero deleite para quienes aprecian el cine de autor.