Landis pasa demasiado tiempo en el terreno de lo caricaturesco, donde se siente claramente cómodo, y menos en el de lo suavemente insinuante, donde realmente vive cualquier película de vampiros.
Es la comedia de estudio más divertida y original desde 'White Men Can't Jump'. Lo que la hace divertida es su habilidad para encontrar nuevas maneras de hacer cosas viejas.
Expone una temática provocadora y estimulante, pero no logra llevarla a un foco dramático satisfactorio, abandonando a tres actores sólidos que son superiores al material.
Lo que hace que sea divertida no es que sus estrellas sean amantes fuera de la pantalla, sino que consiguen convencerte de que son estrellas de cine interpretando a amantes de cine, potenciando de nuevo la fábrica de sueños.
Scott logra simplificar la percepción de los convencionalismos en esta enérgica y vibrante combinación que, aunque está cargada, resulta casi siempre placentera.
Se esfuerza por ofrecer una experiencia visual y emocional. En este sentido, a pesar de su falta de ambición, tiene una estética cautivadora que la convierte en una magnífica opción de escapismo en un entorno acuático.
La película cuenta con paisajes atractivos, pero carece de la magia y el encanto necesarios. Además, la conexión entre la estadounidense decepcionada interpretada por Meg Ryan y el enigmático francés de Kevin Kline es casi inexistente.
Esta vez, elegir a Sharon Stone como la víctima en lugar de la seductora resulta ser una decisión poco inteligente y de mal gusto en comparación con 'Basic Instinct'. Sin embargo, carece de la diversión y el absurdo que caracterizan a la película original, además de no ser en lo absoluto sexy.