Es la comedia de estudio más divertida y original desde 'White Men Can't Jump'. Lo que la hace divertida es su habilidad para encontrar nuevas maneras de hacer cosas viejas.
A pesar de carecer de sorpresas, resulta sumamente fácil de disfrutar, ya que evoca la fórmula clásica que los estudios cinematográficos solían emplear con frecuencia en las décadas de 1930 y 1940.
Aunque se enfoca más en respaldar su título que en ser realmente subversiva o provocadora, es el tipo de entretenimiento ligero que se disfruta fácilmente en el mes de agosto.
Expone una temática provocadora y estimulante, pero no logra llevarla a un foco dramático satisfactorio, abandonando a tres actores sólidos que son superiores al material.
Lo que hace que sea divertida no es que sus estrellas sean amantes fuera de la pantalla, sino que consiguen convencerte de que son estrellas de cine interpretando a amantes de cine, potenciando de nuevo la fábrica de sueños.
Scott logra simplificar la percepción de los convencionalismos en esta enérgica y vibrante combinación que, aunque está cargada, resulta casi siempre placentera.