La película de Fassbinder, aclamada por su legado, juega con la falsedad en todos los aspectos, salvo en las emociones que logra transmitir. Aunque es un homenaje encantador y entretenido, carece de profundidad; todo es auténtico, menos las lágrimas que se presentan como glicerina.
Un rayo de luz y deleite. La alegría de los escurridizos fragmentos cinematográficos de este director es que cuanto más uno se interroga sobre sus irregularidades, más brillan.
Una metafarsa cinematográfica frenética y poco convincente. Las interpretaciones son exageradas o caóticas. La estética es mayormente olvidable y el montaje carece de precisión.
Un retrato optimista de una dulce decepción, del tipo que las nuevas generaciones tienen que experimentar antes de madurar un poco. Es también un magnífico escaparate para mostrar el talento de un reparto repleto de caras nuevas.
La tensión entre la impactante y brutal historia en cada escena, y la forma reflexiva y cuidadosa de presentarla, brinda una perspectiva fascinante sobre los horrores de los conflictos armados.
En comparación con sus anteriores trabajos, 'Dog Eat Dog' parece un intento débil de revisar temas que Schrader abordó de forma más magistral en el pasado.
Una actualización bien ejecutada, aunque algo etérea. Si bien Bungué tiene un carisma cautivador, la inmigración se siente más como un aspecto secundario que como un elemento central de la historia.
Un remolino extremo y repleto de adrenalina que trata dramáticos temas sociales, la deconstrucción de la identidad masculina y un cursi y arrogante descenso hacia los infiernos.
Durante los primeros dos actos, resulta entretenido observar cómo Shunsuke enfrenta diversos problemas con ingenio y un toque retorcido. Sin embargo, el verdadero asombro llega con el inesperado giro que se presenta en el tercer acto.
Está destinado a agradar a mucha gente, gracias a la extravagante y francamente divertida matriarca que protagoniza la historia. Hay algo especial y casi mágico en Julita.