Es como si el mundo de 'Dirty Harry' hubiera entrado en un lienzo de Brueghel. Evoca con brillantez ese mundo bucólico. Las actuaciones son inmaculadas.
Oscura de manera juguetona pero conmovedora. Las creaciones expresivas de Elliot cobran vida de forma maravillosa gracias al talentoso reparto de voces.
Hopkins está bien en el papel del padre duro y Pitt ofrece una actuación intensa como el hijo mediano. Sin embargo, la verdadera estrella de la película es la fotografía de John Toll, que merece cada reconocimiento recibido.
Las escenas con Berkowitz son perturbadoras y Lee consigue evocar el lado sórdido de finales de los 70, gracias mayormente a la fantástica banda sonora.
Cage destaca por su carisma y cuenta con un buen elenco. Sin embargo, la película resulta ser excesivamente estridente y el desenlace deja mucho que desear.
La película presenta un enfoque algo más creativo que muchas de las típicas del género de acción. Becker logra otorgar una cierta profundidad a la relación entre Willis y Hughes, aunque el trasfondo psicológico se siente un tanto artificial.
Este conflicto ambientado en la Guerra Fría será difícil de digerir incluso para los fans más acérrimos. No parece que Eastwood haya puesto su corazón en esta película.
El australiano George Miller produjo la única parte verdaderamente escalofriante de la película. Las demás historias son irregulares y no logran mantener el mismo nivel de tensión y efectividad.
La mejor de la trilogía, donde Martin Brest orquesta las escenas violentas con gran precisión. El actor británico Steven Berkoff sobresale en su papel como villano.
La dirección de Sam Weisman carece de sorpresas y lo más destacado de la película es que probablemente sea la primera vez que los villanos son islandeses.