Se trata, a pesar de la abundancia de medios, de una película intimista. El autor escruta rostros, sentimientos y -por supuesto- también toma partido. No está a la altura de sus mejores obras, pero logra captar al espectador y emocionarle.
Película con ciertos altibajos narrativos y un exceso de violencia. Paul Giamatti logra intensificar el lado oscuro de la inquietante figura de Juan sin Tierra.
Redford muestra que hay otro cine americano al margen del escapismo y la falta de ambición. Su película no cruza nuevas fronteras estilísticas, pero tampoco se limita a ser minuciosa e impecable. Es una obra maestra en estos tiempos de ética dudosa.
Lo mejor de la película es su tono de thriller político. Carece de las tentaciones típicas de las historias de espías, de la demagogia y de los falsos intentos historicistas, así como de las acrobacias del cine de acción convencional.
No es un biopic convencional. El cineasta británico demuestra su extraordinaria capacidad para desarrollar personajes y situaciones de manera impactante.
En algunos pasajes, la película se convierte en un torbellino de imágenes, lo que deja la sensación de que falta alguien que dirija este intenso tráfico visual. Cumberbatch ofrece una soberbia y inquietante interpretación de Assange.
Entre siniestro y simiesco. Esta función ciertamente ególatra supone, no obstante, un interesante documento sobre el infantilismo latente en el mundo hollywoodiense.
Paula Ortiz presenta un audaz reto que logra superar ampliamente. Un despliegue de imágenes evocadoras que mantiene al espectador en vilo, aceptando desde el inicio un impacto emocional construido con notable inteligencia.
Esta nueva incursión en el cine español más chusco parece recuperar la vetusta hilaridad de aquellas viejas comedias habitadas por Tony Leblanc o los Ozores.