Empieza con unos intrigantes créditos iniciales para terminar con un bonito número musical final que parece un clímax de ingeniería inversa. Y sirve también para celebrar el logro de la película.
Kumakiri destaca por su aguda sátira, abordando de manera efectiva la sociopatía y la psicología que la sustenta, al tiempo que juega con las convenciones del género en la era digital.
Minh Quy logra una impresionante fusión de géneros y temáticas. La película aborda el romance homosexual, el drama social y la tragedia de los inmigrantes, explorando identidades personales y nacionales en un contexto psicogeográfico de Vietnam, equilibrando el realismo con la poesía.
Lo que comienza como un drama chejoviano evoluciona hacia un espectáculo freudiano, convirtiéndose finalmente en una reflexión surrealista y cínica sobre la vida familiar, no apta para pusilánimes.