El ritmo es demasiado apresurado en los momentos más oscuros y cuando intenta ser un drama con D mayúscula acaba siendo, en el mejor de los casos, forzado, en el peor, irrisorio.
Los diálogos de Kernell están bien construidos, aunque no logran dejar una huella significativa más allá de la seguridad con la que son presentados. Es interesante notar que los momentos de silencio son los que realmente transmiten más emoción.