Contra todo pronóstico, Steven Shainberg logra crear una fábula extrañamente compasiva y a menudo muy divertida sobre una relación emocionalmente simbiótica.
Es un trabajo egocéntrico de la hija del director de terror Dario Argento (productor aquí), pero su cruda interpretación y su absoluta intrepidez lo hacen extrañamente magnético.
Las visiones extremas del mundo expresadas por los niños, lamentablemente, no ayudan a mejorar esta imagen desalentadora, pero sí aportan un toque de humanidad a ambas partes.