Una comedia que cae en lo deplorable, haciendo que incluso las producciones más discretas de los hermanos Farrelly, que curiosamente aparecen en los créditos, se sientan como obras maestras de Merchant-Ivory.
Es una película que, aunque es amable e inteligente, presenta un aspecto algo perezoso. Su imaginería y estructura son tan difusas que da la impresión de que el sol está influyendo en todos, como si todos requirieran un refrescante chapuzón en la piscina.
Es posible que esta película no atraiga a quienes no son fans del género. Sin embargo, presenta un elemento que la eleva un poco por encima de otras obras de Seagal, aunque solo sea de manera sutil.
¿Es convincente Caine en el papel de arquitecto de Manhattan, incluso con su acento Cockney? La respuesta parece irrelevante, ya que sus actuaciones son innegables: en cualquier película, siempre brilla.
Destaca por su vigor en pantalla y por dos momentos dramáticos fuera de ella: la recuperación del cáncer de pulmón de la estrella John Wayne y el reencuentro del actor secundario Dennis Hopper con Hathaway.
Te atrapa y busca hacerte reír, pero no logra ser realmente divertida, a pesar de los intentos del superficial Larroquette y las provocativas actuaciones de Kirstie Alley.