El filme se asemeja a Robin, mostrando una intensa voracidad sin escatimar en recursos ni en invitados. Lo más destacado es que no se limita a un repaso de sus actuaciones y roles célebres, ni incurre en el amarillismo al abordar el final de Robin.
Es una experiencia visceral que se adentra en la vida de los protagonistas. La narración, precisa y mordaz, actúa como un martillo, mientras el silencio resuena con fuerza.
Taretto acierta al ubicar esta historia costumbrista en la terraza de un edificio en el centro de Buenos Aires. Además, la fotografía destaca por su excelente realización.