La ambientación y el vestuario son excepcionales, al igual que algunas caracterizaciones, aunque no todas. La música desgarradora de Mica Levi es otro gran soporte que el director Pablo Larraín utiliza hábilmente para provocar angustia y extrañeza en el público. Sin embargo, esto plantea un inconveniente: la distancia.
Tiene el mismo nivel y estilo de fotografía del cine polaco que se liberaba del “realismo socialista”, con un formato propio de aquel entonces, y recoge su espíritu para meter al público más de lleno en el drama que quiere contar.
La película retrata con gran precisión la época, los anhelos de la juventud, las tensiones familiares y la incómoda realidad de un funcionario de rango medio, que resulta ser recto, formal y servil.
El atractivo de la historia es que está bien contada y actuada, sin defectos ni golpes bajos, transmitiendo una emoción auténtica y utilizando recursos magistrales.
Andrés Wood es el autor de esta película, que tiene un hilván algo discutible pero está hecha con buena técnica y narración firme, en el estilo de sus anteriores.
No todo es parejo, ni del todo logrado, y se echa de menos esa etapa de reflexión que hizo madurar el pensamiento de Mujica, pero en conjunto es una obra digna de todo aprecio.
Otro director habría hecho una película tremendista, pero Ortega prefiere presentarnos el retrato de un rebelde sin causa, que se muestra ajeno a todo, con una compleja mezcla de cariño y desdén hacia sus padres.
Interesante película esta de Naishtat, aunque algo extensa y sin la fuerza de su anterior trabajo "El movimiento", que era aun más peculiar, pero claramente más incisivo e inquietante.
Buenísima, la escena inicial donde Felt y los alcahuetes de Nixon se sondean mutuamente en un tono de contenida amenaza. Muy indicada para interesados en aquella época.
La ambientación es precisa, las frases con que se expresan los personajes son exactamente las que entonces se usaban, y la resolución puede parecer novelesca, pero calza justo y se agradece.