La película es una miseria en términos generales, salvo por una única escena destacada con Ramón Barea. Se presenta un enredo de mentiras que apenas logra entretener, provocando más bostezos que risas.
Una simpática sátira en la que ni la tradición ni la modernidad salen del todo bien paradas. Una excéntrica broma tan amable en el tono como cáustica en su planteamiento.
Filme de cocción lenta, juguetón, donde no hay nadie con quien simpatizar. A la salida observo unas sonrisas cómplices. ¿Son sonrisas nerviosas de liberación o de complacencia? No sabría decir.
Visualmente deficiente, lo único rescatable son los intensos ojos de Goya Toledo. Sin embargo, esto no logra compensar el fiasco, que se siente más como un golpe inesperado que como un desenlace emocionante.
Apabullante Annabelle Lengronne, con su película, mira sin juzgar. El deseo de adaptarse y vivir por parte de una familia que se observa a sí misma y que nosotros, a su vez, observamos fascinados.
El contenido político y reivindicativo se desvanece rápidamente en el melodrama. Sin embargo, la actuación de Pellerin logra rescatar la película de caer en la vulgaridad.
Le Duc aborda de manera única la compleja relación entre un padre y su hija, presentando el tema con una ligereza que no carece de profundidad. Su enfoque se inclina más hacia una poesía visual que hacia una crítica social.
Arranca con el intenso "te odio, ¿dónde está nuestra hija?" que se transforma en el enigma del "quién-lo-hizo". El tono teatral se mantiene a lo largo de esta astuta adivinanza, repleta de giros sorprendentes. Es un divertimento ingenioso.
La película cuenta con buenos actores y una trama que, aunque coherente, no destaca. Las secuencias de acción son entretenidas, pero carece de un toque especial, de humor y creatividad que podría haberle dado un mayor brillo.
La historia se mueve hacia la depresión y la total aceptación, lo que se convierte en su mayor obstáculo. Al no poder cambiar la situación, el protagonista opta por aferrarse a lo familiar.