Quizá no sea del gusto de todos, pero esta película se destacará por su originalidad. Definitivamente, aquellos que deseen explorar los confines del infierno encontrarán en ella un valor significativo.
Es una película reflexiva, vital e incluso radiante. Con un poco de suerte, puede que incluso haya ayudado a Pedro Almodóvar a sentirse mejor con las cosas.
Ese sentido de lo espectacular llena cada rincón de la película, desde sus majestuosos interiores y ceremonias religiosas, hasta el apartamento de los Mortaras.
Las pequeñas cosas se entrelazan en una historia marcada por el trauma, y las sutiles expresiones de Murphy reflejan diferentes grados de sufrimiento. Cada imperfección en su rostro cuenta una historia de quiebre.
Así es como se acaba el mundo, no con un quejido, sino con muchos golpes, batallas y alianzas cada vez más complicadas, traiciones y canciones conmovedoras. Es una diversión tremenda y catártica.
Es una película densamente intrincada y peculiar, donde el evidente estilo del thriller se convierte, al final, en una barrera y los personajes son poco definidos. Sin embargo, esa singular rareza es precisamente lo que le otorga su atractivo.
La creación de personajes complejos y difíciles por parte de Simón, junto con las impresionantes actuaciones de actores no profesionales, refleja su notable habilidad para empatizar.
Hayakawa presenta su temática de manera poco atractiva, careciendo de persecuciones, rescates o intensas confrontaciones; es una narrativa que se destaca por su sobriedad y reflexión.
El exceso de ambigüedades y un estilo impresionante contrastan con un contenido que resulta deficiente. Aunque la creación de su mundo desequilibrado es excepcional, no logra impactar como se esperaba.
El audaz estilo de Wright, que se aleja de sus trabajos previos, recuerda a Fellini, aunque se inspira más en su protagonista. Benito Mussolini, además de muchas cosas, tenía un gran talento para crear un espectáculo.