El director logra un equilibrio tonal entre lo sentimental y lo cínico, lo que otorga a las conversaciones una sensación de autenticidad y profundidad emocional.
La fusión de elementos europeos y afrobrasileños -diálogos, exquisitas imágenes en blanco y negro y música de Villa-Lobos- es asombrosamente original y poética a la hora de transmitir la esperanza y la desesperación de los oprimidos.
A pesar de sus momentos de farsa, deja un regusto tan aleccionador como otras películas recientes que critican a los conservadores culturales de Oriente Medio.