Después de los primeros destellos de ingenio, Shawn Levy se enreda en una historia confusa y transmite un mensaje bastante común sobre aprovechar las oportunidades.
Muy entretenida y sorprendentemente emotiva, esta película ofrece una experiencia agradable incluso para quienes no conocen los éxitos de Williams o de Take That, gracias a su dinámica y vibrante estructura.
Recordará a los fieles por qué se han amado la música de Dylan durante toda su vida, pero también servirá como advertencia de que hubo un precio que pagar para aquellos que se atrevieron a acercarse demasiado a él.
Esta lustrosa película se precipita en su previsible arco narrativo, se queda corta y, más tarde, sucumbe a la arrogancia y a las malas decisiones creativas.
Ofrece muchos escalofríos, junto con algún apunte socarrón sobre la industria musical, pero al final Finn sucumbe a los trillados tópicos de terror que la película original evitó tan hábilmente.
Un experimento juguetón que invita a la reflexión. El resultado es un emotivo mosaico que rinde homenaje a la diversidad y la riqueza cultural de Los Ángeles.
La notable conexión entre Kate Winslet e Idris Elba le da impulso a este drama, aunque a pesar de eso, la película se siente sorprendentemente fría y lejana.
El ritmo inicial del filme puede resultar algo pausado, pero a medida que se entrelazan las historias, se va generando una fascinante grandeza. Sin duda, es una experiencia impactante.
El impacto emocional de la película logra superar algunos tropiezos. Además, hay digresiones en la trama que resultan ser más cautivadoras que otras. Sin embargo, las actuaciones en su mayoría son bastante robustas.
Una serie absorbente que se enriquece y gana en profundidad emocional con el tiempo. 'The Man in the High Castle' utiliza su intrigante premisa para ofrecer un suspenso inteligente que atrapa al espectador.
Un neo-noir intrigante. La habilidad de Mitchell para combinar de manera armoniosa el romance, la comedia y las emociones mantiene el interés del espectador a lo largo de toda la película.
Esta secuela inicia con buenas expectativas, pero se queda estancada. Su afición por las emociones excesivamente violentas y de mal gusto se torna monótona, reflejándose en la estética en blanco y negro.
Un thriller distópico que se siente algo típico, pero la potente interpretación de Sandra Bullock le da un respiro. Aunque es sombrío, la película peca de lentitud y no logra dar vida a sus temas de una manera impactante.
Ninguno de los hilos narrativos logra destacar por sí solo. A pesar de la actuación seria de Ricardo Darín, Santiago Mitre no logra insuflar energía a este ambicioso proyecto.