El efecto de este homenaje obstinado resulta sutil y poco revelador. Es una perspectiva tan limitada sobre el proceso de madurez que difícilmente logrará inspirarte a tomar acción.
El marcado realismo y el hiriente impacto de la película son suficientes en sí mismos, pero el riesgo y la verdadera recompensa artística es su inmersión sensorial en este infierno del Hades.
Ver a Ozon reconectar con su lado populista es un placer en muchos sentidos, y demuestra que no es necesario renunciar a los matices para disfrutar de una buena historia.
La octava entrega de la extensa franquicia regresa a su territorio habitual, aunque resulta algo trivial, sus resultados son predecibles, pero igualmente entretenidos.
Además del análisis experto de Welsh sobre la época, la gran virtud de esta película radica en el trabajo dinámico y ágil que ha realizado Nick Moran en la dirección.
En otro año y en una película más cautivadora, Foxx podría haber ganado el Óscar. Sin embargo, en esta ocasión, Foxx brilla con talento, mientras que Jordan entrega una actuación aceptable, todo en un entorno que resulta algo mediocre.
Es una experiencia visual maravillosa y exuberante, pero que también captura algo de la soledad, la fatiga, y de la nublada y estrábica alienación que los viajes pueden infligir.
Hay muchas opciones de que lo pases en grande con esta aventura. Es Marvel haciendo lo de siempre, pero -y esto es raro- logra tocar casi todas las teclas adecuadas.