Es una película muy divertida. Ofrece una propuesta cautivadora, cuenta con excelentes actuaciones de los personajes secundarios, una cinematografía refinada y presenta varias secuencias memorables.
Romántica, nostálgica y decadente como Fred Astaire. En ciertos aspectos, se aleja del estilo habitual de Allen, recordando en su esencia a la obra de un cineasta más joven y emocional.
Martin exhibe su típica mezcla de cinismo y un infantilismo desenfrenado, brindando momentos de humor que recuerdan a las payasadas de Jerry Lewis, con movimientos de brazos y piernas que parecen completamente desincronizados.
A pesar de la excentricidad forzada, la trama se salva gracias a su mirada sobre las relaciones complicadas y los autoengaños que enfrentan los personajes.
Habilidosa y entretenida, aunque demasiado larga, logra abordar (de manera poco sutil) algunos problemas éticos importantes. La clase, no obstante, la pone un siempre impresionante Duvall.
La narración es un poco superficial, pero está perfectamente compensada por la secuencia alegremente rompedora de un niño, un autobús y una bomba de relojería.
El conjunto carece de enfoque temático central, y la extraña obsesión inglesa del mundo de Greene está completamente ausente. Más artesanal que inspirada, se hace notar principalmente por sus sólidas interpretaciones.
Todo parece deslucido tras los fuegos artificiales, pero el mensaje es evidente: está llegando el final de nuestra realidad conocida. Y, curiosamente, nos sentimos bien al respecto.
Una conmovedora obra de despedida cuya historia familiar muestra una emotividad inusual, sirviendo como un profundo y sereno recordatorio del paso del tiempo y del inevitable acercamiento de la muerte.