Los momentos cómicos son realmente graciosos y las escenas dramáticas logran conmover al espectador, gracias a un guion ingenioso, una dirección creativa y tres protagonistas encantadores.
Las bellísimas e impactantes imágenes aéreas de las águilas tienen un poder tan impresionante que eclipsan la historia misma, dejando al espectador con el deseo de que la película completa hubiera sido un documental.
Lo que hace que la denuncia política del filme funcione es la cercanía de lo que se cuenta y lo identificables que resultan los personajes. La interpretación de Jürgen Vogel es matizada y muy contenida, consolidándose como uno de los mejores actores de Europa en la actualidad.
A pesar de ciertas licencias innecesarias, la película rezuma sensibilidad y melancolía, trufadas con un agradecible sentido del humor. El trío protagonista está excelente.
Responde a los parámetros del cine de Gerardo Olivares, pero carece del equilibrio que caracterizaba a sus trabajos previos. La película no termina de funcionar del todo, principalmente porque el guion aborda demasiados temas a la vez.
La parte casi documental supera al resto de la película; al final, las loables intenciones del filme resultan más interesantes que el propio resultado.
¿Quién podía imaginar que Melissa McCarthy ocultaba una notable vena dramática como la que luce? Ése es, sin duda, el principal aliciente de una película que tiene otros cuantos.
Lo peor que le puede pasar a una película cuyo objetivo primordial es emocionar y conmover es no ser capaz de provocar otra cosa que indiferencia. Y eso es lo que le sucede.
Freyne utiliza los clichés característicos de las comedias románticas adolescentes estadounidenses para subvertirlos, reconfigurando completamente el género y aportando una perspectiva novedosa.
Una simpática producción, pequeñita y modesta, rodada con un inteligente minimalismo que concede todo el protagonismo a los citados diálogos y a las tres actrices superlativas.
El filme comienza con fuerza, presentándose casi como un melodrama para luego transformarse en una comedia gastronómica. Esta evolución permite que surjan los momentos más divertidos y sabrosos de la película.
Más allá de la epopeya automovilística, la amistad entre ambos es el eje que vertebra una película que, dicho sea de paso, podría haber durado media hora menos... y no hubiera pasado absolutamente nada.
La película mantiene una tensión creciente, lograda gracias a diálogos vivos y auténticos, magistralmente interpretados por un brillante trío de actores.
Todo está abordado desde una perspectiva superficial y tópica, sin ser precisamente sutil. Sin embargo, gracias a esto, Duprat logra que la historia sea más digerible.
Un retrato generacional fascinante. Los personajes son fácilmente identificables, gracias a su excelente interpretación, y los diálogos vibrantes aportan autenticidad a una película que captura la realidad y la tristeza de la vida.