Con la dirección impersonal y rutinaria, Will Smith interpreta a un personaje que se presenta como un santo, pero que termina siendo pesado e inverosímil.
Las imágenes de este filme poseen una gran fuerza e intensidad, logrando que en diversos momentos el espectador se sienta inmerso en el absurdo que está presenciando.
McQueen es un personaje fascinante; su historia evoca los giros dramáticos de un culebrón, y la forma en que los directores la abordan, oscilando entre melodrama y thriller, logra mantener el interés desde el inicio hasta el desenlace.
La película es Sorrentino en estado puro, un monumental ejercicio de incontinencia, tanto argumental como estilística, que bebe directamente de esas fuentes fellinianas que tanto frecuenta el cineasta.
Rourke confunde gallardía con altivez, orgullo con narcisismo y dignidad con clasismo. Técnicamente, la película es impecable, desde la dirección artística hasta una fotografía tenebrosa.
Es un espectáculo visualmente abrumador, con números musicales impresionantes. Sin embargo, se echa de menos una mínima profundización en los personajes y un desarrollo más coherente de los acontecimientos.
Sin ninguna condescendencia, incluso con un poco de saña, Frears reconstruye el fulgurante ascenso y la estrepitosa caída del ciclista. Lo mejor: La caracterización de Ben Foster.
Estéticamente, la película no rehúye los riesgos, ya que busca composiciones pictóricas de notable carácter manierista. Cada una de estas composiciones resulta hermosa, pero al final, juntas, pueden llegar a resultar un tanto cansinas.
Un melodrama de tesis cuyas loables intenciones se sustentan sobre una narración fluida y amena, con un punto semidocumental en algunos momentos, en la que, afortunadamente, no se apuesta por el maniqueísmo.
Un pastel excesivamente empalagoso. El guión presenta inconsistencias, es repetitivo y predecible, además de no ofrecer a los personajes la credibilidad necesaria.
Foster se ha marcado unas metas profundamente ambiciosas: denunciar la cara más sucia y corrupta del capitalismo y componer un suspense vibrante, enérgico y frenético. En ambos casos, las alcanza relativamente.
Dejando de lado su escasa originalidad, la película resulta fácil de ver, gracias a una puesta en escena impersonal pero eficaz y a unas interpretaciones sobresalientes.
Un guión bien construido, está más que correctamente rodada. (...) Aborda el muy manido tema de los viajes en el tiempo desde una perspectiva novedosa y original.
Todo está filmado y editado con un ritmo vertiginoso, similar al de un videoclip. Se presentan espeluznantes anacronismos que buscan una estética moderna y atractiva, pero esto hace que resulte difícil creer en la historia.
A pesar de su título, no es una película de terror, sino un melodrama filosófico y muy poético, extraño, inquietante, atrevido, provocador e hipnóticamente fascinante.
No es buena, pero tampoco es completamente mala. Aunque no ofende, resulta totalmente inane e intrascendente. Su interés es más bien escaso, pero no logra aburrir.