Todo es creíble, excitante y sórdidamente divertido, gracias a una puesta en escena que juega con un brillante y atrevido montaje y a unas excepcionales interpretaciones femeninas.
Se mueve en todo momento en el límite del exceso y del descontrol, porque su director, con total premeditación, prefiere el trazo grueso, pues su objetivo es provocar y remover conciencias.
La puesta en escena es de una belleza sobrecogedora, desde la excepcional fotografía hasta las milimétricas coreografías de los combates, pasando por una sugestiva e hipnótica banda sonora.
La puesta en escena de Sorogoyen es vibrante, incluso frenética cuando es menester, y angustiosamente desasosegante y confirma las buenísimas sensaciones que apuntaba en su anterior filme. Las interpretaciones son brillantes.
El filme comienza con gran energía, generando tensión y angustia, pero a medida que se desvelan los enigmas, poco a poco pierde fuerza, pues el director elige de manera evidente enfocarse en el morbo.
Más que interesante película con una atmósfera inquietante. Lo mejor es que, probablemente debido al presupuesto, la casi total ausencia de efectos especiales otorga mayor credibilidad a la historia.
Un espectáculo de dos horas que, sin emocionar, al menos proporciona un honrado entretenimiento. El guión presenta más vacíos que la galaxia que surca el Enterprise, además de contar con personajes planos y muy tópicos.
El séptimo largometraje de Jaume Collet-Serra es, de lejos, el mejor de su filmografía. Thriller de suspense, terror y drama existencialista cohabitan en una película minimalista.
Hooper se estrella estrepitosamente. Ha resuelto la adaptación de la peor manera posible. El espectáculo gatuno tiene un punto dadaísta y en su primera hora es realmente soporífero.
La interesante ópera prima de Lukas Dhont se convierte en el retrato descarnado y sin concesiones de un personaje desbordante de energía. Polster ofrece uno de los debuts interpretativos más arriesgados y sobresalientes que se recuerdan.
Todo, absolutamente todo, en esta secuela es atroz, desde un guion infame sin pies ni cabeza hasta la patética puesta en escena de una Elizabeth Banks que como directora es mucho peor que como actriz.
Magníficamente interpretado, contiene varios temas excelentes. Sin embargo, estaríamos hablando de una película extraordinaria si no fuera por la notable torpeza de su realizador, Rob Marshall.
Es muy divertida, a ratos divertidísima, y retrata a unos personajes que destilan humanidad, dignidad, bonhomía y generosidad. Es una de las propuestas españolas más recomendables de los últimos meses.
Pese a las buenas intenciones, todo resulta tan predecible y da una sensación tan artificial que la indignación ante los abusos del capitalismo no logra despertar una verdadera emoción.
Por encima de todo, estamos ante una película de terror psicológico pura y dura. En segundo, una puesta en escena llena de sensibilidad y discreción. Y, en tercero, un grupo de grandes estrellas.
Más que por el gore, la película se enfoca en una serie continua de sustos, casi todos ellos generados por una banda sonora estridente que actúa como un evidente subrayado.
Se supone que debería provocar buen rollo, pero se queda muy lejos. El problema es que, tal y como la cuenta Marc Rothemund, no hay modo de creerse absolutamente nada.
Con un estilo inconfundible de Bresson, se presentan planos largos y cadenciosos donde, aparentemente, no ocurre nada. Es una película tan desgarradora como esencial.