Es otra exuberancia de un Emmerich que sigue tan efectista como lo conocimos; un fabricante compulsivo de películas en la que el despliegue de efectos es inversamente proporcional al desarrollo de personajes.
Del Toro evita que el entramado de misterios, secretos y engaños se vuelva predecible y filma cada escena como si fuese una pintura, un espectáculo de altísima factura que se alimenta de la historia, el cine, la literatura, el arte y nuestros miedos de siempre.
Digamos que es capaz de recrear —incluso mejorar— la factura original pero no puede replicar su espíritu. Es el gran mal actual de los remakes y las sagas reflotadas.
Es una versión fiel a la fuente original, sin relecturas ni intentos de modernización. La historia está marcada por un fuerte melodramatismo, con la muerte de la madre y el padre de Cenicienta en menos de 20 minutos. La puesta en escena se caracteriza por no abusar de artificios.
Una especie de comedia familiar con matices de incorrección política completamente al servicio del lucimiento de su protagonista, uno de esos íconos cinematográficos que está por sobre el bien y el mal.
Linklater vuelve a destacar como un maestro en la creación de diálogos, que en esta ocasión se convierten en herramientas de confrontación y también permiten comprender la disyuntiva que ha acompañado a la saga desde sus inicios.
Cada historia se aproxima de distintas maneras al horror, acogiendo lo sobrenatural pero también el costado siniestro de los humanos. Ciertamente no son obras maestras.
Demuestra que, jugando con los mismos ingredientes de siempre, se puede hacer algo distinto. Y también que la independencia pareciera ser la respuesta a los grandes vicios de la industria.
Una reivindicación de la simpleza y la honestidad versus la aparatosa histeria que reina en el mundo gourmet. Es como si Favreau estuviese retratando su distanciamiento de las grandes parafernalias de la industria.
Una colección de lugares comunes y soluciones esperadas, siempre en torno a una dupla de protagonistas marcados por el cliché. La comedia se apoya en una fórmula mil veces utilizada y carece de elementos innovadores.
Stoller busca una forma ingeniosa para hablar de adolescencia tardía y las dificultades de convertirse en un adulto. Y lo hace entregando un par de graciosos momentos. Pero 'Buenos vecinos' está lejos de ser una comedia redonda.
Mitre apuesta por una película de diálogos e intrigas, construida con un buen lenguaje cinematográfico —entre las tomas generales de las masas y primeros planos intimistas—; un guión hábil y dinámico.
Si al filme le sobra actitud, queda en deuda su eficacia en el siempre complejo arte de provocar miedo. Puede ser vista como una humorada, un ejercicio de género que no se toma muy en serio, una sátira criolla.
No es la película revelación que cambiará el rumbo del género, pero se agradece la novedad y el ingenio, elementos que ciertamente aquí juegan a favor del espectáculo.
Pese a las obviedades —y a una seguidillas de lugares comunes propios de este tipo de comedias—, 'Sin hijos' tiene un puñado de buenos momentos, un ágil ritmo narrativo y un reparto inmejorable.