Jonás Trueba crea una obra maestra, abordándola con una sutileza que refleja el cuidado que le brinda, como si estuviera manejando una joya llena de fragilidad.
Honoré parte de una excelente idea y Chiaria Mastroiani brilla en su actuación, aportando un encanto especial a la película. Sin embargo, parece que Honoré no logra manejar por completo todas las piezas en juego, lo que resulta en una obra con altibajos.
La trama avanza de manera muy directa y simple, lo que puede parecer efectivo, pero se echa en falta un poco más de profundidad y complejidad en el desarrollo.
Mouret presenta diálogos meticulosamente construidos que evocan lo más destacado de Guitry y Allen, al mismo tiempo que rinde homenaje a una tradición del cine francés que abarca desde Éric Rohmer hasta Jean Eustache.
Esta película provoca una profunda reflexión y conmoción. Discutir sobre la estética o los recursos del cine se vuelve irrelevante. Hay obras que son imprescindibles, que trascienden el mero gusto. Lo fundamental es elevar nuestra voz, reflexionar y tomar acción.