Jolie aporta el grado exacto de teatralidad, carne y drama que requiere una obra así, que equilibra un revisionismo psicologista con destellos de genuina ambición emocional, sin olvidar la inevitable puerilidad característica de las multisalas.
Salpicada de instantes que ensanchan retinas y descuelgan mandíbulas, hito de la imagen como conexión con lo maravilloso y lo imaginario, estamos ante una obra que nos reaviva la fe en cierto tipo de experiencia fílmica.
No estamos en esta cuarta entrega en el punto más alto de la serie. Lo mejor: su sanísimo espíritu de humor macabro. Lo peor: el descenso en ingenio respecto a la gran tercera parte.
Una de esas raras piezas de sabor único, belleza quebradiza y carácter renuente a la generalización. Entra en la categoría de película-experiencia que no debes perderte.
Con una austeridad que rechaza toda sensiblería, esta obra logra impactar profundamente en los momentos críticos. Se trata de un ejercicio de veracidad que es tanto delicado como preciso.
El perverso noir adolescente que crea de manera excepcional el debutante Cory Finley resulta tanto divertido como atroz, siendo fascinante en su narrativa e hipnótico en su puesta en escena. Un debut realmente admirable.
Es larga y, a ratos, se siente extensa; sin embargo, no logra alcanzar la profundidad de gran mural social y dramático del original. Cantet presenta un trabajo serio, aunque toca demasiados temas relevantes sin profundizar en ninguno de ellos.
Gustará, puede que mucho, al público que, obviando su frecuente recurso al cliché oportuno, asocia intención con fondo, fondo con emoción, emoción con veracidad, y veracidad con Arte.
No solo es uno de los relatos iniciáticos más exitosos y atípicos de la memoria, sino también un homenaje a la sutileza expresiva que se plasma en la pantalla.
Por serenidad y buen tono, el resultado convence la mayor parte del tiempo, sí, pero también coquetea con la impostura cuando el sentimentalismo parece adueñarse del escenario.
Magna obra, monumental en sus ambiciones. Un colosal fresco que se presenta como un magistral ejercicio cinematográfico sobre lo tan complicado que es capturar el discurrir del tiempo.
Se trata más bien de la imagen estática, ejecutada de manera impecable, que captura un momento crucial y bien documentado en la vida de ambos protagonistas. Es conmovedora y no disminuye su nivel emocional.
Una libérrima comedia que es dos cosas a la vez: una atipiquísima guía gastronómica y de viajes por el norte de Inglaterra y un ácido retrato de un triunfador endiosado y sus amigos acompañantes de conveniencia.
Llama la atención, aunque sin llegar a asombrar realmente. La verdadera intención radica, no tanto en calcar determinados idearios y maneras fílmicas, como en airear por la vía del esperpento las vergüenzas de una sociedad.