Ámsterdam' nos devuelve al Russell de siempre, embriagado de su propio afán de trascendencia multinivel: él no solo quiere transmitir contenidos relevantes sino detonar en el público auténticas epifanías ideológicas.
Magna obra, monumental en sus ambiciones. Un colosal fresco que se presenta como un magistral ejercicio cinematográfico sobre lo tan complicado que es capturar el discurrir del tiempo.
Tras su visionado, lo que sus memorias retendrán no serán únicamente las coreografías al volante, sino también los abundantes momentos a gran nivel de escritura, interpretaciones y puesta en escena.
Se trata más bien de la imagen estática, ejecutada de manera impecable, que captura un momento crucial y bien documentado en la vida de ambos protagonistas. Es conmovedora y no disminuye su nivel emocional.
Ligera y dotada de un encanto natural, Radnor continúa en la buena dirección iniciada con 'Happythankyoumoreplease'. Sin embargo, habría sido interesante ver un enfoque más audaz.
Una libérrima comedia que es dos cosas a la vez: una atipiquísima guía gastronómica y de viajes por el norte de Inglaterra y un ácido retrato de un triunfador endiosado y sus amigos acompañantes de conveniencia.
Llama la atención, aunque sin llegar a asombrar realmente. La verdadera intención radica, no tanto en calcar determinados idearios y maneras fílmicas, como en airear por la vía del esperpento las vergüenzas de una sociedad.
Megalomaníaca oda a la perfección hecha dibujo animado, merece un lugar en un hipotético museo de la animación pura, desvinculada de cualquier intento de trama, discurso conceptual o complicidad con los personajes. No se trata de ausencia de fondo; el contenido es la forma.
Si 'EO' es una gran obra fílmica es por su capacidad de ser un cautivador ejercicio de cine que evoca estados de ánimo, donde lo grotesco y el desbarre se convierten en pilares de una audaz propuesta expresiva.
Para degustadores de entretenidos disparates. Lo mejor: la franqueza con la que se asume como kitsch. Lo peor: su excesiva duración y su poco cuerpo dramático.
Disposición para lecturas no maniqueas por encima de lo que podríamos temer en un biopic. 'Colette' va más allá en finura y matices de lo esperable sin mezclar inspiración con superficialidad.
El film navega entre la gravedad nórdica y el melodrama característico de Hollywood, en ocasiones dejándose llevar por la brisa dulce del caramelodrama postal.
Un drama histórico que presenta una psicología cruda, evitando cualquier atisbo de sentimentalismo superficial. Su narrativa es sólida y ofrece una profundidad que va más allá de lo meramente dramático, tocando también aspectos sociológicos.
Lástima que, lejos de hacer honor a su apellido, Danny Strong demuestre una notoria debilidad de inspiración a la hora de plantearse nuevas soluciones formales a momentos mil veces narrados.
Se incorpora con absoluto merecimiento a esa selecta lista de piezas dedicadas a exorcizar el severo trauma causado en el seno de la sociedad nipona por aquella primera explosión atómica. Encoge el corazón.
El resultado convence lo suficiente por la vía emocional como para trascender el mero ejercicio estilístico, y permite reencontrarnos con un Ben Foster que, de nuevo, justifica no quitar los ojos de una pantalla.