La directora Kathryn Bigelow exhibe un entusiasmo militarista similar al que mostró en su exitosa 'Vivir al límite'. Sin embargo, la trama no se centra en eso, sino en el laberinto personal que atraviesa una mujer mientras enfrenta sola a inteligencias masculinas altamente entrenadas en la violencia.
El discurso de Godard, si se le puede llamar así, ha transicionado de una perspectiva socialista a una anarquista. Sin embargo, su significado trasciende lo político y se adentra en el ámbito epistemológico. Se ha transformado en un veterano que, aunque ya no es lírico, se presenta como un nihilista dentro de la historia del cine.
Una acumulación de estruendo, masas de metales volantes y decenas, si no centenares, de edificios colapsados. Y una inmensa reunión de escombros, que ocupa la mayor parte del metraje y es como la metáfora de la película. Un gran escombro con un solo Dios final: la taquilla.
Lo más destacado es ese humor cruel y cínico que surge del verdadero tema de la película: el funcionamiento de una ginecocracia. Este enfoque, al igual que otras triquiñuelas, parece justificarlo todo. Es Verhoeven en su esencia: un pícaro con un agudo sentido del humor.
Tom Carthy dirige con una maestría casi imperceptible en la construcción de la narrativa, como si los elementos cinematográficos se adaptaran al flujo natural de los acontecimientos. Esta confianza en su dirección permite que la multiplicidad de personajes no se transforme en un caos.
Sachs encuadra con precisión, a veces incluso con inspiración. Narra de manera concisa y no pierde el enfoque al equilibrar la amistad infantil con el conflicto de los adultos.
Hay que tener una convicción estética muy singular para filmar de ese modo tan elusivo, tan poco complaciente y tan seductora en su manera de envolver al que mira.
El cineasta Mike Flanagan muestra falta de originalidad en la resolución de los momentos de terror, aunque demuestra gran habilidad para crear atmósferas inquietantes.
Zemeckis se destaca como uno de los cineastas más respetados del cine comercial estadounidense y es posiblemente uno de los más exigentes consigo mismo. 'Flight' marca su retorno al cine en vivo, y lo hace de una manera valiente, intensa y memorable.
Es una apología de la monarquía, pero no es necesario tener un juicio sobre ese régimen político para advertir que su operación es demasiado simplista, monocromática y convencional.
El cineasta Paolo Genovese es también autor de la idea, pero su ejecución está por debajo de ella. La dirección ha limitado a los personajes; no están para sorprendernos, sino que cumplen con lo que dictan sus vestimentas, gestos y modales, reducidos a meros prototipos.
Esta es, por lejos, la película más hablada de toda la filmografía de Cronenberg. Y sin embargo es cine puro, donde todo el lenguaje se juega en el punto de vista, la posición de la cámara.
Con todo, la falla principal de 'Promesa de vida' no es ese choque con la credulidad, sino su propia incoherencia fílmica, esa combinación chirriante de dolor con turismo, de pérdida con magia y de tragedia filial con romance intercultural que lo hace todo liviano.
Giannoli dirige con una estética barroca que refleja la turbulencia emocional de la protagonista y su perturbación interna, permeada por el kitsch y la extravagancia. Aunque hay algunas ideas poco claras, sus pretensiones no llegan a interferir con el avance de la película.
Esta es la primera cinta de Woody Allen con Storaro, pero es como si el instrumento se hubiera encontrado con su intérprete. La precisión de la cámara, la ligereza de la composición, la cascada de colores, es todo lo que Woody Allen pudo querer para una historia.
Anderson disfruta de lo que hace, como lo demuestra el uso de un impresionante reparto en papeles menores, pero ese placer puede restar profundidad a sus obras.