Se aleja de los patrones del universo Marvel para alcanzar una entidad propia gracias no solo a una poderosa imaginería visual que se convierte en una oda a las raíces africanas en clave high-tech, sino también a su discurso.
Una hermosa sinfonía wagneriana de imágenes que ofrece un viaje sensato, gracias a su habilidad para combinar aventura, fantasía, épica y diversión en las dosis justas.
Enrique Gato y su equipo han logrado presentar un producto que supera las expectativas, creando una obra más elaborada. Se trata de una aventura dinámica y fresca, con algunas escenas espectaculares.
Para los amantes del cine de animación más exquisito. Una auténtica obra maestra de orfebrería visual, refinadísima y de una minuciosidad casi inabarcable.
Una space opera romántica de planteamiento atractivo pero con una resolución anodina, en la que Tyldum vuelve a demostrar su limitada habilidad para dotar de empatía y verdadera profundidad a los personajes.
Un spin-off juguetón que se presenta como un estallido de colorido pop, dejando al espectador sin aliento tras su hipercinético recorrido. Todo resulta muy encantador y atractivo.
Tan dolorosa como emocionante. Es capaz de hablar de temas muy complejos sin renunciar a la controversia que puedan suscitar. Y lo más importante, abre nuevos caminos para el anime, se aleja de los convencionalismos y afronta nuevos retos sin por ello dejar de ser apto para todo tipo de audiencias.
Una película que no cumple con las expectativas del material literario del que se inspira. Se siente como una cadena de imágenes y situaciones poco creíbles que no logran impactar.
Son muchas las capas que contiene un relato perfectamente trenzado en el que se habla de las diferencias de clase. Lo importante es la elegancia con la que Roquet encaja todos esos elementos.
Una película que intenta mucho más de lo que logra, afectada en gran medida por diálogos excesivamente elaborados y pretenciosos que arruinan la frescura de la propuesta inicial.
Nostalgia emocional, ambientada en los ochenta, con un costumbrismo auténtico y la frescura de jóvenes intérpretes que transmiten de manera sencilla y sincera su desorientación adolescente.
Cóctel de referencias tanto cinematográficas como estéticas pasadas por el filtro de la personalidad de una cineasta debutante que se atreve a desafiar las convenciones y dar rienda suelta a su sugestiva imaginación.
Lesage nos presenta a los personajes de manera sensible, fluida y etérea, capturando la intensidad de la fragilidad adolescente a través de la melancolía y una atmósfera envolvente.
Una miniatura rodada con un gusto exquisito en la que el elemento surrealista con toques de una comicidad contenida se da la mano con la intimidad costumbrista para componer una imaginativa alegoría sobre el dolor.
El director capta con delicadeza de qué manera la línea que separa el amor y el dolor termina siendo muy fina. Sin embargo, la película cae en la trampa de la autocomplacencia y el regodeo.
Es una minuciosa indagación, repleta de delicadeza y detallismo emocional, en el universo infantil y en la manera en la que se conforma la personalidad a través del desencanto.
Deleuze logra captar el desconcierto y la ira de una niña de trece años. A través de sus dinámicas cotidianas, nos revela de manera natural y sorprendente los claroscuros de esa etapa de la vida.
Una fábula en torno a la cerrazón moral y cultural. La directora compone sus imágenes, impregnadas de una exquisita poesía evanescente. Es una obra de aliento trágico y exuberante belleza.