Un relato que cambia de punto de vista narrativo de manera caprichosa y aleatoria. El resultado final se queda en un friso más bien confuso y contradictorio. Una obra muy menor, en cualquier caso.
El Seidl cínico, esteta de la fealdad y del horror, deja paso aquí a un cineasta realmente interesado por su personaje. Es una lástima que su pose permanente le lleve a retratar a los padres de los niños como los verdaderos maltratadores.
Una película de realización tan correcta y esmerada como plana y carente de espesor, sin resquicios para la ambigüedad o para la complejidad más allá de lo evidente. Transparente, didáctica, sencilla y convencional.
Una obra de notable envergadura, capaz de encontrar una sensible verdad interior sin enfatizar el gesto, sin subrayados, sin retórica discursiva, con humildad y con modestia.
Más viva, más orgánica y más arriesgada que su anterior película, Palomero logra presentar un calidoscopio vibrante y realista. Inyecta convicción, autenticidad y profundidad dramática a ese complicado momento de transición.
Una puesta en escena más convencional de lo que pueda parecer y con abundantes rasgos de afectación esteticista, lo que al final limita mucho el verdadero alcance la propuesta, más bienintencionada que valiosa en términos fílmicos.
No va mucho más allá de ofrecer un retrato generacional trazado, eso sí, con impecable registro conductista y sin apenas diálogos explicativos, lo que siempre se agradece. Cinematográficamente su alcance es muy limitado.
La película no aporta ninguna novedad sustancial a la filmografía de los directores y tampoco consigue levantar el vuelo ni en su dimensión emocional ni en su depurada formalización.
A pesar de la destacada actuación de una Lady Gaga que demuestra ser una actriz competente, el filme se siente diseñado para complacer a los aficionados de los Grammys y los Oscars. Sin embargo, también se percibe la incomoda tendencia narcisista de su director y protagonista.
Nada, o muy poco, hay en esta historia que consiga trascender su propio enunciado. La interpretación casi desvaída de los actores, muy limitados en sus registros, tampoco ayuda a elevar el nivel.
Aunque el color y los dibujos de Mariscal son hermosos en los planos estáticos y de conjunto, la película revela lo limitado de su animación cuando las figuras comienzan a moverse. Resulta demasiado discursiva con su acumulación de entrevistas.
Una pieza de orfebrería que presenta a dos personajes de inquietante complejidad y múltiples capas. Estos personajes son tanto expresión como antítesis y complemento necesario de los oscuros cimientos sobre los que se edifica el país. Scorsese nos brinda aquí una devastadora radiografía.
Una obra llena de melancolía enfermiza, belleza interior y sensibilidad lírica un plano final que constituye una de las imágenes más emocionantes y cinematográficamente más impresionantes que este cronista ha contemplado en los últimos años
Pequeña delicatessen con engañoso formato de heritage film británico, pero atravesada –desde el primero hasta el último de sus fotogramas– por una sensibilidad tan difícil de definir como sugerente.
Desconcertante, es como haber sido invitados a una fiesta acogedora y salir con la sensación de que nos lo hemos pasado muy bien, pero que algo nos hemos perdido en el trance, abrumados por la desordenada generosidad del genial anfitrión.
La menos original y más predecible de todas las películas del director, carece de la tensión que se espera. Aunque hay algunos destellos reconocibles, en su mayoría, todo resulta deslucido y rutinario.
Jaione Camborda traza en ‘O corno’ un itinerario intensamente físico desde el primero hasta el último de los fotogramas de esta hermosa película. Este cronista espera con enorme interés los próximos trabajos de la directora.