Lástima que Lelouch, fracasando de nuevo, se conforme con proponer un rescate nostálgico de una película que ya era vieja y cursi en su momento, y sea incapaz de poner delante de los espectadores lo que podría haber sido una sugerente operación-espejo.
Nada, o muy poco, hay en esta historia que consiga trascender su propio enunciado. La interpretación casi desvaída de los actores, muy limitados en sus registros, tampoco ayuda a elevar el nivel.
Aunque el color y los dibujos de Mariscal son hermosos en los planos estáticos y de conjunto, la película revela lo limitado de su animación cuando las figuras comienzan a moverse. Resulta demasiado discursiva con su acumulación de entrevistas.
Una pieza de orfebrería que presenta a dos personajes de inquietante complejidad y múltiples capas. Estos personajes son tanto expresión como antítesis y complemento necesario de los oscuros cimientos sobre los que se edifica el país. Scorsese nos brinda aquí una devastadora radiografía.
Una obra llena de melancolía enfermiza, belleza interior y sensibilidad lírica un plano final que constituye una de las imágenes más emocionantes y cinematográficamente más impresionantes que este cronista ha contemplado en los últimos años
Pequeña delicatessen con engañoso formato de heritage film británico, pero atravesada –desde el primero hasta el último de sus fotogramas– por una sensibilidad tan difícil de definir como sugerente.
Desconcertante, es como haber sido invitados a una fiesta acogedora y salir con la sensación de que nos lo hemos pasado muy bien, pero que algo nos hemos perdido en el trance, abrumados por la desordenada generosidad del genial anfitrión.
Hay algo de fórmula o, si se quiere, de comodidad en el estilo, lo que nos deja la sensación de ver a Malick haciendo de Malick. Tampoco la presencia del trasfondo histórico consigue conjugarse de forma armónica ni da lugar a otras reflexiones de mayor alcance.
La menos original y más predecible de todas las películas del director, carece de la tensión que se espera. Aunque hay algunos destellos reconocibles, en su mayoría, todo resulta deslucido y rutinario.
Jaione Camborda traza en ‘O corno’ un itinerario intensamente físico desde el primero hasta el último de los fotogramas de esta hermosa película. Este cronista espera con enorme interés los próximos trabajos de la directora.
La primera mitad del film destaca por la solvencia y solidez que caracteriza al director. Sin embargo, la segunda mitad presenta un desafío diferente; la fusión entre la ficción y el trasfondo histórico no logra hacerse de manera convincente.
Es una película correcta, pero un tanto cansina en su ritmo y demasiado dependiente del guion, amén de ser escasamente novedosa en la filmografía de su país.
Una bonita historia contada a ratos con inspiración poética y a veces de manera desmayada y rutinaria. El conjunto queda lejos de los mejores trabajos de su autor, pero merece la pena disfrutar con la parte más conseguida y más entrañable.
Un film íntimo que nunca pierde la perspectiva histórica, un retrato individual que emerge con naturalidad del entorno colectivo, una narración preñada de genuina emoción para nada sentimental. Una gran película.
Parte de un material biográfico y literario ciertamente apasionante, pero el empeño tropieza con la gran cuestión de la puesta en escena. Formas reducidas aquí a una rutinaria planificación en plano y contraplano.