Una película actual, propicia para tiempos del #MeToo y de la urgencia de un cambio permanente en los hábitos de comportamiento dentro de la industria.
El director finlandés logra mantener el elemento sorpresa en todo momento con sencillez y soltura exquisitas, como si crear ese tipo de armado en sus películas fuera para él algo tan obligado y coloquial como disfrutar de una buena sauna en invierno.
Funciona sin problemas como un fiel retrato de la latinoamericanidad contemporánea, uno que por cierto no la deja muy bien parada, pues se regodea –de manera hilarante, eso sí– en la mezquindad, el chauvinismo, la ignorancia y la corrupción.
Una película imprescindible y la nueva gran esperanza de la cinematografía alemana. Es el componente que quizás necesitaba para demostrar que, al menos en el cine, nunca es demasiado tarde para redimirse.
La película manifiesta el distintivo estilo del director bilbaíno. De la Iglesia no deja de lado la inclusión de una buena dosis de comedia, reflejada en los diálogos y en situaciones absurdas.
Chandor se beneficia del gran talento de sus actores, quienes logran transmitir una notable ambigüedad a sus personajes, reflejando incluso emociones oscuras o distorsionadas, lo que contribuye a su credibilidad.
En defensa de Dolan, es posible que nunca haya pretendido crear la gran película que muchos esperaban, sino continuar la esencia que ha forjado en su trayectoria cinematográfica.
La premisa resulta intrigante, pero Jacquot varía de tono en múltiples ocasiones durante la película, lo que provoca que el resultado final decepcione. Sin embargo, Huppert se mantiene brillante en su actuación y merece ser perdonada por las veces que sea necesario.
El mayor acierto de la película radica en que, a pesar de seguir la obra original, decide representar el destierro de Claire no como un símbolo de incertidumbre, sino como una poderosa liberación.