No hay nada que haga pensar al fan que Pixar es o ha sido el mejor estudio de animación del mundo. Aunque técnicamente es brillante, su hiperrealismo lo aleja cada vez más de las esencias de la buena animación.
Logra el milagro tecnológico de reproducir en un estudio de Los Ángeles una jungla digital en la que sus animales parecen reales, poseen alma y dimensión dramática.
Su originalidad radica en su ejecución: un ritmo frenético, un guión cargado de detalles, un diseño brillante, unos golpes emocionales estratégicamente colocados y una galería de nuevos personajes.
Es probable que, dentro de un año, nadie se acuerde de ella y que ningún niño pida el muñeco, pero cumple su función: que, durante hora y media, seamos felices.
El filme presenta un atractivo visual que llama la atención, pero Enrique Gato y su equipo no logran desprenderse de lo esquemático y predecible. Han dejado de lado el riesgo, la creatividad, la atención al detalle y el sentido de la maravilla.
El humor resulta excesivamente infantil, y muchos de los diálogos y situaciones se sienten ya conocidos. Además, las múltiples tramas nunca logran cohesionar, lo que transforma esta secuela en una obra desarticulada. Sin embargo, es innegable que logrará cautivar a los más pequeños.
Un festín humorístico que se va reinventando sobre su frenética marcha. Carece de ambición artística, pero en su lugar ofrece un espectáculo chispeante y toneladas de buen rollo.
Posee la oscuridad, la magia y la poesía del Disney de 'Blancanieves', aunque en ella hay novedades que van más allá de una deslumbrante animación digital.
Esta cinta de animación danesa podría haber sido la feliz rareza que su prólogo, un musical moruno y simiesco hecho con tosca animación flash, insinuaba, pero que finalmente no lo es.