La película ofrece momentos divertidos y una dirección ágil, respaldada por dos protagonistas destacados. Sin embargo, la trama tiende a alargarse innecesariamente.
Es una exaltación de las aventuras infantiles y adolescentes y -sobre todo- una sensible y por momentos divertida reivindicación de aquellos que -no encontrando el afecto y la contención en la familia de sangre- lo hallan en una sustituta.
La película, más allá de cierta tendencia al subrayado y a la moraleja, encuentra en un portentoso elenco encabezado por Graciela Borges, Oscar Martínez, Luis Brandoni y Marcos Mundstock sus mejores momentos y atributos.
Quizás los elementos no sean particularmente novedosos, pero este festival de sangre y gags coproducido por la mítica Hammer está muy bien construido y se disfruta de principio a fin.
Es una película que se deja ver con cierto agrado, pero que pierde su espíritu satírico inicial y termina demasiado atado a una corrección política que seguramente celebrará su mensaje.
No será una propuesta precisamente revolucionaria, pero el efecto es hipnótico. Este thriller se disfruta con la convicción de que los británicos son expertos en el género.
La película presenta varias ideas interesantes y muestra una notable creatividad e ingenio. Los cameos aportan un plus y el tono (auto)paródico seguramente será disfrutado y celebrado por los seguidores de Cage, quien se ha convertido en un actor de culto.
Es una experiencia catártica y liberadora, una reivindicación del mal gusto y la inmadurez en tiempos en que todo es políticamente correcto, controlado, pulcro y bienpensante.
Una serie que intenta hacer una declaración sobre el empoderamiento femenino en estos tiempos cambiantes, pero lo hace con más torpeza que inteligencia en varias ocasiones.
Ingenioso y descarnado, intelectual e íntimo, irónico y noble, Burnham hace gala de una variedad de recursos expresivos que convierten a Inside en algo inteligente y entretenido hasta lo adictivo.
Por su audacia formal y su contenido explosivo, por su espíritu provocador y contestatario, por su riesgo, esta nueva película del director rumano destaca por una radicalidad poco frecuente en el cine contemporáneo.
Una apuesta bastante teatral que requiere mucho más del despliegue de los intérpretes que de la puesta en escena. Una elección lógica para este debut de Brühl detrás de cámara.
La película está filmada y actuada con indudable pericia y profesionalismo, pero por momentos parece presa de la indecisión respecto de si jugarse por completo al descontrol o si convertirse en un film algo más serio.
Es una película mordaz e incómoda en su propuesta, pero al mismo tiempo bastante lograda, y en ciertos momentos, incluso irresistible, en su resultado final.