Parte de una repetición cansina de fórmulas propias y ajenas. Esta secuela, diseñada para satisfacer las leyes del marketing, no ofrece mucho a la audiencia, aparte de su profesionalismo técnico y algunos momentos de humor inspirado.
El relato asume su propia ligereza y no intenta reinterpretar las relaciones y enfrentamientos entre los personajes como algo diferente de lo que, en esencia, siempre ha sido: una adaptación multimillonaria de una historieta.
Sin demasiada inteligencia y menos aún profundidad, es cierto, pero con algo de nervio y ritmo. Es una fantasía animada contemporánea que guarda un corazón old school en su interior. Y eso es todo, amigos.
El contratiempo central de 'La fiesta de las salchichas' es su evidente falta de irreverencia más allá de una superficialidad frenética. No hay nada auténticamente polémico, y mucho menos revulsivo, en sus imágenes y diálogos.
Este nuevo intento de adaptar a la idiosincrática criatura y añadirle elementos más atractivos para el público norteamericano resulta narrativamente torpe, careciendo de un componente humano interesante, con un desarrollo insípido y atado a convenciones predecibles.
Guzzoni no busca simplemente presentar una "denuncia" cinematográfica, sino que se enfoca en desarrollar un personaje central que es complejo y ambiguo. Este personaje, aunque no es necesariamente contradictorio, genera dudas y cuestionamientos en el espectador.
Sin dudas, la misma historia podría haberse narrado de maneras diferentes, pero el énfasis de la realizadora en las formas fragmentarias, elípticas, evitando al mismo tiempo el exceso de psicologismos, rinde sus frutos.
Hay un exceso en la construcción de varios personajes, un acercamiento al grotesco que sin duda podría dar mejores resultados en el teatro que frente a una cámara.
Apelando a un impactante registro del horror cotidiano de cualquier guerra, Brian De Palma construye un patchwork visual que no da respiro, cimentado por un montaje final de imágenes reales que viene a recordar que no todo es cine.
De una construcción narrativa sutil y paciente que logra transmitirle al espectador los miedos y angustias del personaje, 'Moonlight' es un film que nunca abandona sus pretensiones de realismo, pero que al mismo tiempo logra momentos de intenso lirismo que nunca se sienten artificiales.
'Bottoms' es sin duda un avance hacia el mainstream para la directora y la protagonista. Seligman y Sennott demuestran que son capaces de lidiar con los desafíos de la comedia disparatada.
El de Varejão no es el típico film donde la agenda esté por encima de los personajes o la historia. Por el contrario, la cineasta logra reunir en pantalla todos esos elementos –lo íntimo, lo colectivo, lo político– con gran sensibilidad e inteligencia.
El espíritu punk de una de sus últimas escenas señala que los ideales e ilusiones por un mundo mejor pueden sostenerse a pesar de la consciencia plena de su imposibilidad.
Si el guion coquetea todo el tiempo con la posibilidad de la fábula, su traducción a la pantalla evita en gran medida la sensiblería y se inclina hacia una ligera esperanza.
A partir de cierto momento, la película deja de presentarse como una historia sencilla pero significativa y se posiciona en la vitrina del análisis generacional.
Es esencialmente un vehículo para el lucimiento de los jóvenes actores Austin Abrams y Lili Reinhart, resultando en una película indiscutiblemente menor.