'Bottoms' es sin duda un avance hacia el mainstream para la directora y la protagonista. Seligman y Sennott demuestran que son capaces de lidiar con los desafíos de la comedia disparatada.
Maurel se enfrenta a uno de los desafíos más complejos en la actualidad, especialmente en un contexto de corrección política. Logra evitar la simplificación y la rígida adhesión a una agenda, eludiendo el riesgo de caer en la mera denuncia.
Afortunadamente a la realizadora parece interesarle más la interacción entre los personajes, y lo hace con un naturalismo que no es sencillo de construir y un gran cariño por los personajes, sin crueldades ni reduciendo todo a arquetipos didácticos.
El de Varejão no es el típico film donde la agenda esté por encima de los personajes o la historia. Por el contrario, la cineasta logra reunir en pantalla todos esos elementos –lo íntimo, lo colectivo, lo político– con gran sensibilidad e inteligencia.
El espíritu punk de una de sus últimas escenas señala que los ideales e ilusiones por un mundo mejor pueden sostenerse a pesar de la consciencia plena de su imposibilidad.
Si el guion coquetea todo el tiempo con la posibilidad de la fábula, su traducción a la pantalla evita en gran medida la sensiblería y se inclina hacia una ligera esperanza.
A partir de cierto momento, la película deja de presentarse como una historia sencilla pero significativa y se posiciona en la vitrina del análisis generacional.
La reluciente oferta de Wu es un particular relato de crecimiento y una comedia romántica a la cual se le han eliminado sus rasgos superficiales más característicos.
Es esencialmente un vehículo para el lucimiento de los jóvenes actores Austin Abrams y Lili Reinhart, resultando en una película indiscutiblemente menor.
Doucouré elude los juicios fáciles y la moralina, posicionándose claramente en un punto medio entre la opresión de las prácticas religiosas tradicionales y la adopción de conductas adultas que convierten el cuerpo en un mero objeto.
La opera prima de Jason Orley hace uso, pero no abuso, de una buena cantidad de lugares comunes para contar nuevamente la historia de un chico al borde del comienzo de la madurez.
Sobre la superficie de la materia bruta narrativa, la realizadora logra tallar los contornos de un universo que el film transforma en algo palpable, creando en el camino una pequeña heroína.
Todo artificio o costura melodramática ha sido eliminada en pos de una descripción de vidas comunes, en busca una verdad oculta detrás de las imágenes y sonidos de la realidad.
Carpignano desarrolla de manera meticulosa una narrativa que, en los primeros dos tercios de la película, se aleja de los clichés típicos del cine social convencional.