Es un retrato de una herencia violenta y machista que pasa de padres a hijos y que no parece tener solución. Con sobresalientes actuaciones de todos los protagonistas, la segunda película de Guzzoni es un claro avance.
Siempre musical, siempre luminoso y lúdico, el cine de Nicolau comparte varios aspectos con el de su colega Miguel Gomes, donde la realidad y la imaginación, lo cotidiano y la aventura impensada coexisten de manera muy natural.
La película refleja influencias del cine europeo en su frescura y sinceridad al abordar la sexualidad adolescente, manteniendo al mismo tiempo un toque de "calor humano" y elementos pop.
La película presenta algunos elementos lynchianos y un tono desfasado que crea una atmósfera de pesadilla diurna, logrando momentos de efectividad, aunque no siempre. Su montaje es abrupto y original.
El poder del filme está en capturar esa verdad de la experiencia adolescente, que muchas veces es más amarga, gris y solitaria de lo que el cine está dispuesto a mostrar.
Tal vez no sea la más sólida cinematográficamente o la más audaz en lo creativo, pero logra la difícil tarea de contar una historia íntima y personal y hacerla tener sus ecos con la situación complicada entre israelíes y árabes.