En su formato narrativo, la película irradia clasicismo en cada aspecto, guiada por un director que domina cada hilo de la historia y sabe abordar con sutileza los diferentes ejes que la componen.
El problema de Kawase en este filme es que no se rescata; tiende a reiterarse y volverse obvio. Este es un riesgo común en este tipo de películas, pero que hasta ahora había logrado evitar.
Murga sigue manteniendo su preferencia por la construcción más bien impresionista del relato, con escenas que apuestan más por el clima que por la propulsión dramática.
Es una historia dura, seca y amarga, ese realismo social fotografiado en tonos cercanos al blanco y negro que transmite permanentemente la sensación de que la tragedia acecha constantemente.