Carney crea un afectuoso homenaje a ser adolescente en los ’80, aunque al principio utiliza un realismo irlandés que hemos visto en muchas películas, rápidamente se transforma en una fantasía pura, lo que hace que la experiencia sea aún más disfrutable.
Arnold demuestra ser una directora sumamente creativa, logrando una inmersión admirable en su mundo. Sin embargo, es una pena que, al comienzo, la monotonía repetitiva de su película termine afectando la experiencia general.
Es un retrato de una herencia violenta y machista que pasa de padres a hijos y que no parece tener solución. Con sobresalientes actuaciones de todos los protagonistas, la segunda película de Guzzoni es un claro avance.
Lo que las películas de Williams describen es la universalidad de una inmersión sensorial y vivencial en los mundos menos explorados de la globalización.
Siempre musical, siempre luminoso y lúdico, el cine de Nicolau comparte varios aspectos con el de su colega Miguel Gomes, donde la realidad y la imaginación, lo cotidiano y la aventura impensada coexisten de manera muy natural.