No me devolvió del todo la fe en la capacidad de la compañía de hacer geniales películas, por lo menos me reconcilió un poco con el cine de superhéroes.
Ni la historia en sí ni los juegos en el tiempo son del todo malos. Sin embargo, las reflexiones son superficiales, los comentarios casi ridículos y en ciertos momentos resulta inevitable reírse.
No es una gran película porque los nuevos personajes no lograron convertirse en inolvidables, sin embargo, la aparición de algunos clásicos proporciona una sensación de continuidad épica.
No estamos ante una versión radical ni extremadamente revisionista; simplemente, se vuelve a narrar la liberación del pueblo judío de la esclavitud en Egipto.
Se afirma en una tradición hollywoodense clásica que se extiende hasta la actualidad y de la que tal vez Steven Spielberg sea su máximo representante vivo.
Abrams consigue que el aumento, si se quiere, armamentista, venga acompañado de situaciones dramáticas lo bastante interesantes como para que nunca perdamos de vista el costo humano de cada acción.
Consigue entretener sacando el mejor partido posible de un universo narrativo mucho menos rico y generoso en personajes y situaciones, pero no logra transformarlo en gran cine.
Es evidente el intento de hacer pié en lo narrativo sin descuidar jamás la cuidadosamente descuidada puesta en escena ni los intrigantes juegos entre realidad y ficción.