El final resulta un tanto ingenuo y evoca el espíritu de la primera entrega. Sin embargo, para ese momento, el público ya ha sido conquistado nuevamente por la creatividad de Pixar.
'Everest' es una película de aventuras que no intenta ser más de lo que es. Aunque no alcanza la calidad de 'La tormenta perfecta' de Wolfgang Petersen, una comparación inevitable, logra ofrecer un entretenimiento satisfactorio.
Es para los más chicos porque tiene una ternura que a niños un poco más grandes no parece interesarles. Se pasa un buen momento, eso sí, y se recupera de paso un personaje entrañable.
El truco está más que claro, los sustos son más que previsibles y ni siquiera tiene el sentido de humor de burlarse de sí misma. Tres pecados imperdonables en el cine de terror.
Eastwood presenta una película que aborda la temática de los nuevos héroes, el cine contemporáneo y la realidad actual. Lo hace desde una perspectiva humanista y fresca, lo cual se siente como una verdadera innovación.
La otra película no estaba mal, así que 'Ted 2' se siente como intentar hacer esa pastrafola que nos sale tan bien, pero esta vez sin membrillo ni harina. Es probable que el resultado sea un desastre.
Como película de aventuras, sigue demasiado el esquema convencional, y en su faceta religiosa, donde intenta captar un mercado en crecimiento, no alcanza la calidad de La resurrección de Cristo. Además, la presencia de Morgan Freeman con trenzas no aporta nada significativo.
Una película modesta en comparación con la magnitud de su historia, que a veces incurre en el didactismo. Aunque se presenta como una correcta reconstrucción de época con un estilo muy británico, logra evitar los adornos característicos de su género, que en este caso habrían resultado fuera de lugar.
[Afleck] se deja llevar por una puesta en escena modesta y sin inventiva. Eso termina derivando todo hacia el lado de lo rutinario. Y ese es su pecado.
Es una visión romántica que se alinea con las inquietudes de la carrera de Allen, quien inyecta gags y viñetas que logran funcionar efectivamente. Storaro ilumina todo Hollywood con una luz tan notable como los personajes.
La historia es pura locura y para acentuar esa idea, la película está armada como un collage de situaciones y gags. Casi todos funcionan. Y además está la fotografía de Roger Deakins que sabe aprovechar todo.
Se trata de mostrar la atemorizante banalidad del poder y de cómo un borrachín expulsado de las mejores universidades, pudo ordenarse y, por un rato, tener al mundo para él.
Cooper sabe cómo resaltar el talento de sus actores y proporcionar el escenario adecuado. Junto a sus libretistas, Mark Mallouk y Jez Butterworth, logra crear una obra que conoce, respeta y eleva un género que ha dado lugar a grandes películas. Esta sin duda es una de ellas.
El tema es atractivo y podría haber sido el fundamento de una buena película. Sin embargo, esta obra pierde el enfoque en ciertos momentos, se desvía hacia asuntos redundantes y presenta una estética excesivamente austera.